Un estruendo.

No, no era tanto, debe ser el vecino llegando nuevamente borrado del bar de la esquina, golpeando el portón de su casa, como si quisiera botarlo del portazo. Mira el techo, toma el reloj, 4.23 de la madrugada. Respira profundo, da un giro en su cama solo para sentarse en ella y voltear la almohada. “Está caliente”, piensa.

Otro giro en la cama, esto no funciona. Prende la TV y encuentra un par de infomerciales con suerte, pero eso es suficiente, eso lo distraería. Mañana vendría el juez y un policía y un par de fleteros a llevarse sus cosas. No tiene mucho, pero lo que tiene es suyo. Lástima, no fue capaz de responder por sus bienes. Se pregunta por qué sus compañeros de trabajo pueden y no él. Trabaja tanto o más que ellos, no tiene hijos, no gasta su plata en cocaína como ellos, ni pasa las noches quemando pasta como sus amigos de infancia. Tiene todo para ganar, pero no puede. “Debo dormir”, piensa.

Toma el reloj y la hora lo condena. 5.23. En cuarenta minutos debe levantarse y darse una ducha rápida, no vale la pena intentar dormir. Piensa si debe o no contar en el trabajo lo del embargo. Qué plancha igual, de seguro si ya lo miran en menos, ahora se vuelve peor. Y la gente del pasaje, los cabros a los que aleccionaba indicando cómo había que vivir, que el buen camino trae beneficios. ¡Y el mundial, weón! ¡cómo chucha lo va a ver!

Mejor se levanta, se da una ducha, será un día largo. Tanto pensar en la noche para no resolver nada y lo peor es que es la tercera en línea. Se mira al espejo antes de abrir el agua. Esas ojeras.

Cristóbal está feliz, hoy pudo sacar nuevamente su tarjeta de crédito. Esta vez no será como la anterior, será más precavido y sacará bien las cuentas. Revisará los intereses y comisiones, aunque primero debe aprender qué son intereses y comisiones. Se dirige a informarse a una tienda Falabella de ese mall en Maipú cuando lo ve. Es una TV, de esas HD, 32 pulgadas, no necesita más. Es amor a primera vista. Y este año hay mundial.