Hace algunas semanas, con un amigo, comentábamos con asombro el hecho que el programa En La Mira de CHV mostrara a miembros de carabineros infiltrarse en manifestaciones y cómo estos terminaban detenidos por provocar desórdenes. Desde que tengo memoria esta ha sido una conducta habitual por parte de la policía, sin embargo la prensa nunca había hecho eco, aún cuando hay numerosos reportes de esto (sí, incluso en internet). Esa vez no entendimos mucho, asumimos que el rol de la prensa es contribuir a los intereses de quienes la sostienen y esto contradecía nuestra concepción.

Contextualizando, he visto a policías infiltrarse en marchas desde hace al menos 12-13 años. Pero no solo han estado ahí en la calle, he visto como han infiltrado colectivos, federaciones, sindicatos, movimientos y un sin número de proyectos. Caso emblemático es la vigilancia al ex presidente de la FECH, Giorgio Boccardo, que desembocaría en su secuestro y tortura por parte de carabineros el año 2005. Esto nunca había sido mostrado en televisión, con suerte algunos párrafos en uno que otro diario, escondido entre las noticias de crónica roja y farándula.

Luego de este reportaje en CHV, la noticia de que carabineros infiltra manifestaciones se expandió tanto a nivel social como también en la misma prensa. Ayer mismo podíamos leer y ver los reportes que un carabinero de civil se refugiaba en el Congreso Nacional tras ser descubierta su fachada.

También durante la semana pudimos escuchar tanto desde la vocería de gobierno como desde el ministerio del interior como mencionaban que los dirigentes de la CONFECH eran incapaces de controlar a los manifestantes. Ante esto, unas palabras:

La gran debilidad del movimiento estudiantil es que no es precisamente un movimiento. Ser estudiante es una condición temporal y hoy, por ley, una obligación para todo joven al menos hasta sus 18 años. Ser estudiante cruza la clase: hoy son jóvenes hijos de empresarios, hijos de obreros, de narcotraficantes, de funcionarios públicos, hijos del tío del minimarket de la esquina, hijos de abogados, de médicos, de militantes udi, de militantes pc, de anarquistas, de católicos, de evangélicos, de ateos, habitantes de barrios con mansiones, habitantes de poblaciones tomadas….

Aún cuando existe esta variedad de visiones, de experiencias y de formas de relacionarse, hay un consenso en un basto sector que la Educación en Chile no está bien, y no lo va a estar si no se realizan cambios de raíz en ella. Pero por más amplia que sea la visión de este objetivo, las formas propias con que cada individuos se relaciona con la sociedad son distintas. ¿Cómo puedes esperar que alguien que se cría en la violencia y en la miseria actúe como otro que tuvo una vida con aprietos pero tranquila?

No es lo mismo vivir en un ambiente donde las cosas no se solucionan por la razón sino por las cuchillas y las balas. No es lo mismo tener de compañero de clase a un futuro abogado que a 4 procesados por asalto con violencia. No es lo mismo carretear tomando cerveza, fumándose un pito, que pasar el tiempo quemando pasta base o aspirando bencina.

Los de arriba esto lo saben y estas diferencias son precisamente un buen detonante para producir fragmentación. Indicar que los dirigentes de la CONFECH no tienen control es hacerlos responsables, obligarlos a tomar medidas represivas sobre la propia manifestación. La figura del policía acá es clave… si quienes provocan destrozos son infiltrados eso da pie para poder ejercer cualquier medida de fuerza sobre ellos. Si se ejerce una medida de fuerza, entonces se vuelven los nuevos policías, y sufrirán la respuesta del grupo reprimido.

Esto tampoco es nuevo, la experiencia francesa durante sus movilizaciones estudiantiles en la primera mitad de la década pasada fue muy similar, con el trágico resultado de estudiantes apuñalados en numerosas disputas. Demás está decir que en el momento que suceda algo así aquí, la volátil opinión pública nacional le quitará el sustento a cualquier movimiento.

Por último quería mencionar que tanto marcha tranquila como la protesta violenta no son tácticas para lograr objetivos. Son, por definición, demostraciones de fuerza. Estos símbolos nunca son pacíficos, no pueden serlo, están destinados a inclinar la balanza en una confrontación. No por nada se repiten las imágenes de Berkeley en los 60s, Paris ó Tlatelolco en 1968, Tian’anmen el ‘89, etc se repiten en nuestras cabezas.

Mientras escribo estas líneas centenas de jóvenes incendian vehículos en Londres, tal cual hace 6 años en Paris. No creo ser solo yo quien observa las semejanzas…