Camina rápido por las calles céntricas de Santiago. Jockey, cabeza cubierta por su polerón canguro, manos dentro del bolsillo del mismo. Miradas cortas, ligeramente apuntando hacia el cielo, intenta cazar cada lente que registre sus movimientos. Se niega a aceptar la pérdida de aquella poca privacidad que siente que le queda, esa que le entrega el poder tanto de sorprender a su pareja con un beso repentino como a aquel conductor con una bomba veloz en el bus que conduce.

Mira de lado a lado… nada, no hay cámaras, no hay registro, es un poco más libre. Ahora se centra en aquellas personas que pueden importunarlo. En la esquina de la cuadra un policía, vestido de verde conversa con quien maneja un quiosko de revistas y puzzles baratos. Se niega a tomar mayores precauciones, no le quita los ojos de encima al uniformado. Pero el quioskero resulta no ser hombre sino mujer, 35-40 años, pelo castaño oscuro y ondulado.

Sigue caminando, puede apreciar como la mujer toma la mano de un carabinero ya bastante relajado. Él, 1,75, moreno, pelo corto como todos los pacos que andan por ahí. 5 metros para llegar a la esquina y obversa un apasionado beso entre ambos que solo termina cuando se encuentra lado a lado. El policía voltea, tiene una cicatriz en la mejilla derecha igual a la que su vecino, el paco que vive con su señora y sus dos hijos en la casa frente a la suya. Se miran.

Felipe fija su vista, tiembla un poco sin cortar un segundo el contacto visual. No puede. Está fijo como serpiente frente a su encantador. Ambas cámaras lo apuntan… el fin de su matrimonio, perder a sus hijos y la deshonra pasan por su cabeza como flashazos disparados una y otra vez. Y todo por culpa de ese inadaptado que vive frente a su casa y hoy lo captó infraganti.