Antes de iniciar tu labor predicadora sobre la teoría conspirativa que viste en internet, de estudiar 4-5 fotografías con cuadrados y flechas dibujados en éstas tipo CSI, de darle me gusta en tu red social favorita a un video viral tipo KONY 2012 o cómo 3 microbuses fueron quemados por un complot 2 partes estatales y una privada. Palabras de José Cervera hacia la inteligencia colectiva y contra el “análisis” acrítico.

Uno: La conspiración es imposible.

Por el principio de que dos personas pueden guardar un secreto siempre que una de las dos esté muerta, se sigue que una conspiración con el suficiente poder para cambiar algo sería conocida por tanta gente que finalmente saldría a la luz. Dos personas mantienen un secreto, pero tienen poco poder; diez personas adecuadamente situadas pueden cambiar mucho, pero se sabrá. La gente cambia. Se divorcia. Tiene depresiones. Sufre conversiones religiosas. Enferma de cáncer. Cuando un conspirador pasa por una de estas fases de cambio vital, la probabilidad de que largue todo lo que sabe (en formato libro, a ser posible) no es despreciable. Por eso las conspiraciones se acaban conociendo.

La conspiración con éxito y secreta es una contradicción en los términos. Otro de los rasgos que definen a toda teoría de la conspiración es que achaca al enemigo una inhumana omnicomprensión de los hechos, y una increíble velocidad de ejecución no templada por el error. Ellos son inhumanos: todo lo saben, todo lo entienden, todo lo planifican y conocen con certeza todas las reacciones de sus actos. Jamás hay en las teorías de la conspiración lugar para el error, la duda, el fallo, la incompetencia: todos los participantes en ella saben lo que han de hacer, cuándo y cómo. Y lo ejecutan con robótica eficacia, sin que el atasco inoportuno, el despertador averiado, la linterna sin pilas o la cartera perdida se interpongan jamás en sus acciones. Cuando lo cierto es lo contrario: nunca debe achacarse a la maldad lo que la estupidez puede explicar… la única constante es el fallo; la única certeza es el error.

Dos: La conspiración es deseable.

La conspiranoia es un dulce consuelo que sustituye a la religión, proporcionando un sentido al absurdo de la existencia. Achacando las catástrofes, los reveses de la fortuna, las maldades y los golpes del azar a una inteligencia maligna podemos al menos consolarnos en pensar que lo que ocurre es lógico y tiene un propósito, aunque sea malvado. Lo verdaderamente impensable es que las atrocidades sean tan sólo eso, sucedidos carentes de razón, aleatorias jugadas de una baraja que no obedece a regla alguna. Nuestro cerebro, diseñado por la evolución para extraer sentido (para crear leyes del caos), abomina del vacío lógico, en especial ante un enorme drama humano. ¿Cómo contemplar la muerte de un ser querido como un resultado del frío azar? De alguna manera retorcida culpar a alguien consuela a los supervivientes al convertir a las víctimas en héroes de una guerra no declarada; en mártires de una causa misteriosa pero vital. Si de paso podemos achacar nuestra mala suerte al enemigo de nuestra predilección no sólo aumentaremos nuestra estatura, al recrecer la suya, sino que le difamaremos, justificando así nuestro odio preexistente. El enemigo es poderoso, casi omnipotente, y me odia. La paranoia no es más que una forma de egotismo: vienen a por MÍ (luego soy una amenaza para un enemigo omnipotente). La conspiranoia así explica el universo, justifica nuestras manías y nos ensalza, proporcionando consuelo, razón y vanidad. ¿Extraña que sea irresistible?

Tres: La conspiración es inevitable.

Desde cierto punto de vista quedar con unos amigos para ir al cine es una conspiración. Adam Smith decía que cuando dos empresarios quedan para cenar se está gestando una conspiración contra el público; el 18 de julio de 1936 fue una conspiración, como lo fue el asalto al edificio Watergate. El mundillo político y económico puede considerarse como una espuma de conspiraciones que burbujean en las instituciones y empresas, a veces estallado en superficie, otras veces, permaneciendo latentes. Nuestra tribal tendencia a los grupúsculos, facciones y sectas (yo, contra mi hermano; mi hermano y yo, contra mis primos; mis primos, mi hermano y yo, contra el mundo), nuestra ambición y nuestra vanidad conspiran contra nosotros haciéndonos participar en miles de conspiraciones diarias. La vida social no es más que una lucha entre conspiraciones. Algunas, como la OPEP, la Trilateral, los partidos políticos o los lobbies, son públicas y notorias. Otras, como las facciones políticas o las sectas religiosas, viven en el gris entre lo público y lo secreto. Muchas cagadas de los gobiernos permanecen en o cerca de este limbo (Ustica). Luego están las misteriosas, de las que sólo se habla en susurros (Skull&Bones, el Grupo Bilderberg, Bohemian Grove, los Illuminati). Internet está llena de las más peculiares conspiranoias de la variedad extrema, algunas de las cuales (Majestic) empezaron como un juego, pero ahora son tal vez algo más… Según cierta escuela cosmológica, basada en el denominado Principio Antrópico Fuerte, literalmente el mismo universo ha sido creado específicamente para que nosotros podamos vivir en él; una conspiración cósmica…

Cuatro: La conspiración es indestructible.

La última característica del pensamiento conspiranoico es que sus razonamientos son irrefutables. Haciendo uso de un intuitivo conocimiento de la lógica, que dice que es imposible demostrar una negativa, y de un infinito depósito de explicaciones ad hoc, sospechosas ausencias de información y razonamientos de sentido común basados casi siempre en la ignorancia, es imposible convencer a un conspiranoico de que su teoría favorita carece de sentido. Cualquiera que desee dedicarse al ingrato oficio de desguazar conspiraciones haría bien en recordar que al quitarle su juguete a un convencido, estamos atacando su propio sentido de la importancia. En algunos casos, puede ser suficiente para provocar hasta reacciones violentas. Y si el propio universo es una conspiración: ¿qué mas da?

A veces para entender un poco lo que vivimos hay que mirar al otro, conocer al otro, y dejar de creer que solo uno posee la verdad. Es sorprendente cuanto se abre el mundo cuando dejas de creer que todos piensan y actúan como tú.